1 - El concierto en directo siempre a existido como acto social, como experiencia lúdica y como entretenimiento. Más allá de eso, está dejando de tener sentido en sí mismo. Cuando lo que uno busca no es estar en una fiesta o vivir una experiencia de goce colectivo, los medios actuales permiten otras formas de consumo. Así, refinados melómanos se refugian en sus propios auditorios domésticos, a la vez que muchos artistas se convierten en «creadores de contenido» enfocados en las redes.
Sin embargo, hay un misterioso elemento (ni lúdico, ni ornamental, ni social) que de ningún modo puede darse sin una presencia real. Es algo indescriptible de lo que incluso grandes producciones carecen, muchas veces, pudiendo ser disfrutadas cómodamente a través de internet. Sólo cuando ese elemento aparece, uno experimenta la certeza de que estar allí físicamente era algo necesario, absolutamente inevitable.
B. O. T. R. disenya y acoge producciones intencionadamente concebidas para que eso ocurra.
2 - Se dice que ya no puede haber comunicación verdadera entre público y artistas, porque ya nadie parece dispuesto a acoger nada genuinamente nuevo en la actualidad. Lamentablemente, además, los propios artistas, con frecuencia, tampoco tienen mucho que decir. Mucha de la música actual, de todos los géneros, parece repetirse. Los músicos jóvenes se forman en academias y conservatorios, donde siguen currículums idénticos. Tocan muy bien, y parece que nadie espera nada más que eso: simplemente tocar muy bien. Algunos músicos presumen, incluso, de tocar «para sí mismos», en un alarde de pretendida honestidad y desinterés comercial, olvidando el destino último de lo que hacen.
Sin embargo, hoy en día sí existe un público entusiasta, ávido de verdaderas novedades en la música contemporánea, más allá del entretenimiento. Escuchadores receptivos que, decepcionados una y otra vez ante el vacío de cada nueva producción, recurrimos a viejos conocidos (que naturalmente van envejeciendo y muriendo) mientras esperamos que nuevos creadores proporcionen alguna muestra de eso que anhelamos recibir.
B. O. T. R. surge desde la necesidad de aportar que impulsa el arte, y ha sido concebido como un vehículo a través del cual canalizar esa necesidad.
3 - Programadores, agentes e incluso mánagers dicen con frecuencia que las programaciones «las dicta el público». Aluden, por ejemplo, a actuaciones fallidas que habían sido programadas según sus gustos y criterios, contraponiéndolas a actuaciones que no eran de su interés y, sin embargo, fueron rentables.
Aceptar esto supone la desaparición de dichos profesionales, reconvertidos de facto en meros gestores de tendencias, perfectamente sustituibles por inteligencias artificiales y algoritmos. Denota una percepción miope, centrada en la inmediatez, que ignora el sentido del arte. El arte ha apuntado siempre más allá, empujando al ser humano.
B. O. T. R. reivindica aquellos actores «útiles» que de verdad nutren la cadena de valor del negocio musical, acercando novedades relevantes a su público. Es evidente que tanto las salas de conciertos y los festivales, como los distintos intermediarios del sector, deben apostar por lo conocido, por lo rentable, por lo seguro. Pero mánagers, agencias y programadores con visión a medio y largo plazo no pueden dejar de invertir, además, en lo único que asegurará su futuro. ¡Lo único que justifica y da sentido a su existencia!
Ésta es mi apuesta. Mi propósito como músico y como oyente.
— Josep-Manel Vega